Los ciudadanos Cristóbal Campomanes, José Pedro Barradas y José Félix Acosta, vecinos los dos primeros del pueblo de Naolinco, y el último de esta villa; dijeron que por muerte de Francisco Campomanes, quedaron tierras que poseía en la jurisdicción del mismo pueblo de Naolinco, conocidas con el nombre del Llano de San Antonio alías de los Garcías Campomanes, que lindan por el oriente, con las de la hacienda de Almolonga, por el sur, con las de Mastatlan, por el poniente, con las del Castillo, y por el norte, con las de Chiltoyac, las que eran del finado Juan Manuel Trujillo, las de Josefa Meza, las que llaman de don Joaquín Cendoya y las de San Diego. Y que siendo uno de los mencionados hijos de don Francisco Campomanes, el finado don Agustín [Campomanes], quién nunca llegó a recibir la parte que de dichas tierras le correspondía por permanecer hasta la fecha indivisa y actualmente pertenece, esa misma parte, a los hijos y herederos de dicho Agustín, que lo son los otorgantes y en representación de su persona Cristóbal Campomanes, José Pedro Guevara como marido y conjunta persona de María Ignacia Campomanes, autorizado por ella, y José Félix Acosta, como padre de María Gregoria de Jesús, muerta de un año y habida en matrimonio que contrajo con Rita Campomanes, difunta. En virtud de los antes mencionado, por la presente, los otorgantes venden a Antonio María de Casas, de esta vecindad, parte de las tierras del Llano de San Antonio, libre de empeño, al precio de 600 pesos.
ANTONIO MARÍA DE RIVERA, JUEZ RECEPTORSAN DIEGO, PARAJE DE
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Don Baltazar Oyarzábal, vecino y del comercio de la capital de México, de tránsito en esta villa, otorga poder especial a don Juan Bautista de Garaicoechea, vecino y del comercio de esta villa, para que en su representación practique judicial y extrajudicialmente en los juzgados y tribunales superiores e inferiores que correspondan, todas las diligencias que sean necesarias al descubrimiento de los 97 tercios de géneros y efectos de Castilla que son de su pertenencia y la de otros interesados en México y Veracruz, los cuales fueron robados por los rebeldes en los parajes de San Diego y Temascal, camino de Veracruz a las villas; los que conducía Felipe Hernández, mayordomo de los atajos de Esquivel. De cuyo efecto haga todo hasta descubrirlos y apoderarse de ellos.
JUAN FRANCISCO CARDEÑA, ESCRIBANO PÚBLICO Y REAL INTERINO