Juan Gómez Paisano, vecino de Jalapa, vende a Cristóbal Martín Matamoros, de la misma vecindad, un negro esclavo llamado Francisco, de nación[tierra] Angola, de 25 años de edad, libre de hipoteca, empeño y enajenación, sano, sin enfermedad pública ni secreta, por el precio de 330 pesos de oro común, los cuales el susodicho le ha de pagar en esta manera: 130 pesos para de la fecha de esta escritura en dos meses, y los 200 pesos restantes, para fin del mes de octubre del presente año.
Cristóbal Martín Matamoros, vecino de Jalapa, síndico apostólico del convento de San Francisco, donde al presente es guardián Fray Antonio de Portillo, y en nombre del citado convento, vende a Francisco García, vecino de Jalapa, una casa con su solar, en este pueblo, que por testamento Catalina de Villafuerte dejó en este convento, por el precio de 40 pesos de oro común.
Don Diego de Medrano, y su esposa, Doña Magdalena de Rivera y Avendaño, vecinos de la ciudad de México y residentes al presente en este pueblo, venden al Alférez Cristóbal Martín Matamoros, vecino de Jalapa, una negra criolla llamada Catalina, de 26 años de edad, que es de la dote de Doña Magdalena, libre de hipoteca, empeño y enajenación, sin falta ni defecto alguno, por el precio de 400 pesos de oro común.
Cristóbal Martín Matamoros, vecino de Jalapa, se obligó a pagar a Nicolás de Utrera, de la misma vecindad, 230 pesos de oro común, que restan del valor de una negra nombrada Inés Paula, de nación[tierra] Angola, en esta manera: que mandará cien cueros de marca a la ciudad de Veracruz o más si fuere necesario, a Thomé Francisco, vecino de la dicha ciudad, y de lo procedido, pague a Nicolás de Utrera, los referidos 230 pesos.
Don Sebastián de la Higuera Matamoros, como albacea testamentario y tenedor de los bienes de Don Ramiro de Arellano, dio su poder cumplido a Cristóbal Martín Matamoros, su primo, vecino de Jalapa, para que en su nombre pueda cobrar de Blas Moreno, obligado de Tepeaca, y del Alcalde Mayor de Texcoco, los pesos de oro que restan de la venta de una partida de ganado y una libranza, respectivamente.
El Capitán Juan Romero, Alcalde Mayor que ha sido en este pueblo, dio su poder cumplido a Cristóbal Martín Matamoros, vecino de Jalapa, generalmente para en todos sus pleitos, causas civiles y criminales, y para que pueda recibir y cobrar todos los pesos de oro, joyas, mercaderías, derechos y acciones que le debieren, según la memoria que le tiene dada.
El Alférez Cristóbal Martín Matamoros, como principal deudor, y Juan Bautista Ordóñez, como su fiador, vecinos de Jalapa, se obligaron a pagar a Don Diego de Medrano y a Doña Magdalena de Rivera y Avendaño, 400 pesos de oro común, precio de una negra llamada Catalina, criolla de México, de 26 años de edad, para fin del mes de abril de 1632, juntos en una paga.
Cristóbal Martín Matamoros, vecino de Jalapa, se obligó a pagar al Lic. Cristóbal de Pedraza, beneficiado de Tlacolulan, 405 pesos de oro común, precio de nueve bestias mulares cerreras, a 45 pesos cada una, en esta manera: 135 pesos del primer tercio, para dentro de siete meses; 135 pesos del segundo tercio, para de allí en otros siete meses, y los 135 pesos restantes, para de allí en otros siete meses.
Francisco de Pro, vecino de Jalapa, dio su poder cumplido a Melchor de los Reyes, dueño de su recua, de la misma vecindad, para que cobre de los jueces oficiales de la Real Hacienda de la ciudad de México los fletes de los azogues entregados en los reales almacenes. Asimismo, pague a Tomás de Soto, dueño de su recua, a Cristóbal Martín Matamoros y a Alonso Delgado las cargas que cada uno han llevado; y él tomara lo correspondiente a las cargas que entregaría.
Diego Méndez [de Alfaro], vecino de Jalapa, hijo legítimo de Sebastián Méndez Fajardo y de Ana de Alfaro, vecinos que fueron de este pueblo, habiendo contraído matrimonio con Jerónima de Vargas, hija legítima del Alférez Cristóbal Martín Matamoros y de Aldonza de Vargas, sus suegros le dieron en dote 1 681 pesos de oro común en cosas de ajuar, preseas, una negra ladina llamada Lucía, de nación Angola, valuada en 350 pesos, y una libranza de 700 pesos en Rodrigo Hernández Callejas, vecino de la ciudad de Los Ángeles; y el dicho Diego Méndez, por honra de la virginidad, linaje y limpieza de su esposa, le mandó en arras 500 pesos de oro común, los cuales confesó cabían en la décima parte de sus bienes.